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Crónicas Boliguayas. (primera entrega)

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Fútbol.

-Los argentinos no somos racistas- me dice un amigo mientras miramos un partido de fútbol por televisión y yo asiento sin vacilar. A mí no me gusta el fútbol, pero sí los mates y la conversación.

Es fama que las mujeres tienen la extraña habilidad –completamente ausente entre varones- de prestar atención a varias cosas al mismo tiempo. Mi amigo conversa, sí; pero mira fijo a la pantalla e interrumpe cada frase cuando algún jugador avanza en dirección al arco. El mate lo cebo yo.

Mi amigo intenta orientar la conversación a temas futboleros, pero mi ignorancia lo desalienta. Por fin, hablamos de algunas de las pocas cosas futboleras que me interesan. Me quejo de que la FIFA haya prohibido jugar en altura y señalo la discriminación que eso significa para los bolivianos.

-No es un tema de discriminación. –dice mi amigo con una lógica extraña pero inapelable- Es real: yo estuve en La Quiaca y me apuné. Ahí no se puede jugar.

Empiezo a desgranar alguno de los muchos argumentos que existe…

Desaparecidos

Ni laureles eternos, ni la muerte
Con gloria, la que habían prometido
En un himno gritado y encendido;
No tuvieron siquiera aquella suerte.

No vieron de sus madres el calvario,
Pañuelo de llorar hecho bandera.
No tuvieron su caja de madera,
Su lápida, su cruz y su rosario.

Les quitaron la risa, el rostro, el nombre;
Les negaron la suerte de los hombres.
Les poblaron la muerte de ruido,

Eléctrica punción y desencanto.
Les sacaron los ojos y hasta el llanto.
Les prohibieron también haber nacido.

Enrique Catani La Plata, 31 de julio de 2007

La tierra sin mal

La pequeña emancipación del chamamé.

Unos días antes de navidad salí a comprar algunos regalos y –contra todos mis principios- terminé en musimundo; enorme cadena comercial que vende libros, discos y otras cosas; en donde siempre tratan al cliente como a un ladrón en potencia o en acto (“a ver señor, me muestra la bolsita”) y cuyo único mérito es estar abierta hasta las diez y media de la noche, cuando ya todo cerró.

En musimundo descubrí una verdad chiquita y bastante inútil, pero verdad al fin: el chamamé se ha independizado del folklore. Es una independencia –claro- que se reduce por ahora a los criterios clasificatorios de musimundo, pero que se va extendiendo.

Pero –pequeña, incipiente- la emancipación aparece muy clara. Hay una marquesina que dice “folklore”, otra que dice “tango” (la independencia del tango es tan rotunda y definitiva que a nadie sorprende; por el contrario, sorprendería que alguien lo considere lo que es: una música folklórica) y, por fin, una tercera que dice “c…